El Significado Esotérico de La Navidad

Extracto de una conferencia dictada por Thorwald Dethlefsen. Caracas, Diciembre 1993.
Traducido del alemán
Cortesía de Carlos Bachman.



....Transitamos sobre un eje de tiempo aparentemente existente, que no obstante no existe, ya que el tiempo es producto de nuestra consciencia polar y por ende pertenece al mundo de las ilusiones. Esta proyección del pasado hacia el futuro produce un círculo vicioso de repeticiones interminables. Tanto historiadores como escritores de crónicas hacen lo mismo, pués solo se ocupan de lo que era y calcan el futuro sobre el patrón del pasado. Pero el relato de los hechos reales siempre es un relato muerto, un relato de lo que fue y ya no existe, dado que lo que era ya no pertenece al tiempo presente, sino que se queda en el pasado, muerto.

La vida se desarrolla únicamente en el presente. Cada momento que es tan difícil de aprehender, se encuentra en la intersección de dos ejes aparentes: el pasado y el futuro. Alrededor del presente es que gira, en el fondo, toda la enseñanza metafísica y con ello todo el Cristianismo. Al comprender que toda nuestra vida no es vida realmente si lo que hacemos es llevarla en el recuerdo y proyectarla en el futuro tenemos que interesarnos en estar totalmente en el aquí y ahora, en encontrar ese punto justo del presente. Esta es la gran dificultad que encara el ser humano y la vemos en el hecho de que todos decimos tener un yo. El yo no es más que la suma del pasado acumulado, ya que lo que nos lleva a pensar en el yo es el recuerdo de lo que era. Si logramos llegar totalmente al presente y vivir el instante a plenitud, el yo se disolverá. En el instante no existe el yo.

Y todas las enseñanzas de salvación, todos los caminos de iniciación tienen, en última instancia, esta única meta; la liberacion del hombre de los ejes del tiempo, formados con una consciencia polar, y mostrarles el diminuto ojal de la aguja que mira hacia el presente.

El presente, el ser eterno en el aquí y ahora, es de lo que se compone la eternidad. A lo mejor ahora nos damos cuenta de la comprensión errada de la eternidad como concepto metafísico, más que nada en la mitología Cristiana, que convirtió a la eternidad en un tiempo largo, infinitamente largo. Esto quiere decir que la noción de lo eterno se refirió a una representación de la continuidad en el tiempo, transformando lo eterno en un eje que no termina. Pero el concepto de eternidad no significa esto. Eternidad es vista como el concepto antiquísimo de la negación del tiempo, el polo opuesto del tiempo, la inexistencia del tiempo, el espacio que está detrás del tiempo. Entonces, cuando se trata de entrar a la eternidad, no se trata de vivir eternamente, no significa no morir nunca según la idea de la duración eterna; quiere decir abandonar el mundo polar de los ejes del tiempo en nuestra consciencia y penetrar esta región siempre existente. El eterno, el siempre existente, que no conoce fin y que por lo tanto no cambia ni evoluciona, es realmente la meta de todas estas enseñanzas y es también la meta de la enseñanza Cristiana.

Lo que yace detrás del tiempo, detrás de nuestro mundo polar, es a lo que Cristo se refiere cuando dice:

Mi reino no es de este mundo.

Cristo siempre recalca que de lo que habla está situado más allá de nuestro actual horizonte estrecho de consciencia.

Tal vez a través de esta contraposición podamos darnos cuenta a que me refiero cuando menciono que las consideraciones científicas, el análisis de hechos y cosas y las investigaciones históricas se ocupan siempre de acontecimientos muertos, de manifestaciones que verdaderamente no están vivas, no eternas y en realidad insignificantes en última instancia. El interés de la ciencia y los historiadores en hechos, cosas y acontecimientos se valoriza en sí solo para quienes no tienen otra meta que proseguir y continuar lo que sucedió en el pasado que estudian.

En la metafísica se trata de una percepción bien distinta. La metafísica es la representación de una realidad que existe antes de todos los hechos y antes de todas las cosas. La metafísica se ocupa de lo que existe detrás del mundo de las manifestaciones y que es, por ende, una realidad. Y realidad es todo lo que acciona, lo que actúa. La realidad no es nunca manifestación por si misma, pero produce manifestaciones y se expresa a través de manifestaciones. Y es esta expresión de la realidad la que lleva a la multiplicidad de los fenómenos de nuestro mundo.

Detrás se encuentra siempre lo que actúa, y ese algo que actúa no lo podemos comprobar directamente en este mundo de los fenómenos. Lo que se manifiesta es, según Goethe, una parábola, tal como él dice:

Todo lo visible no es más que una parábola.

Y así ocurre siempre: se trata de una analogía de lo que yace detrás.

Y si hablamos de realidad, siempre nos referimos a lo que, en el sentido metafísico, se encuentra detrás de la naturaleza, detrás del mundo de los fenómenos. La metafísica se refiere así a algo directo, a algo que se distingue de lo que reconocemos a través del pensar, de conclusiones y abstracciones. Se trata de la comprensión de lo que se encuentra más allá de la naturaleza.

Por lo tanto la metafísica es también el origen y fundamento de todos los otros conocimientos. Esta imagen metafísica, este conocer las cosas detrás de las cosas. en el aspecto eterno no sujeto al tiempo, el aspecto que se encuentra detrás del transcurrir de nuestro mundo conocido , ha sido una comprensión altamente valorada en todas las grandes civilizaciones del pasado, cuando muy pocos poseían esta comprensión directa. No obstante, todos se daban cuenta de cuán esencial es esta justa comprensión. La comprensión de lo real, de lo verdadero detrás de los fenómenos y de los hechos era conocido y reconocido en todos los tiempos, en todas las culturas.

Por medio de la comprensión se constituye algo como una filosofía perenne que guardó siempre en su contenido la misma enseñanza expresada de distintas formas de acuerdo a los tiempos cambiantes. Esta contínua filosofía, que también fue llamada filosofía perennis, permanentemente mantenida, nunca fue teoría especulativa, sino sabiduría en el sentido de la comprensión experimentada, era la experiencia del ser en sí.

Nuestra cultura actual valora muy poco esta comprensión metafísica y se ocupa relativamente poco de ella.En nuestra cultura damos el mayor aprecio, atención e importancia a las cosas y hechos que se ubican en primer plano, a las apariencias, que en realidad no son más que la expresión. Con esta actitud nuestra cultura altera la tradición, que en otras épocas giró alrededor de lo esencial, de lo que está detrás de los fenómenos. En virtud de este cambio de actitud, en nuestro tiempo la vida del ser humano ya no tiene una meta, un sentido, sino que reconoce unicamente el progreso, y el progreso reconoce como única meta al progreso. Y es así como caemos en el perpetum mobile, en el que el individuo ya no puede reconocer el sentido de la existencia, en el que se nos dice que siempre tenemos que seguir trabajando y luchando pues debemos alcanzar el progreso. Y si llegamos a alcanzar el progreso esperado tenemos que seguir luchando para progresar aún más.

Ahora bien, si Uds. profundizan este pensamiento y este modo de sentir el progreso por el progreso, se darán cuanta de cuán desesperado y sin sentido es este círculo vicioso.

El hombre perdió su meta.

La metafísica, enseña lo siguiente:

El mundo de las contradicciones es solo un mundo aparente, no real.

La realidad no es ni múltiple, ni temporal, ni espacial, ni polar.

La realidad es siempre unidad, jamás multiplicidad.

El mundo irreal, el mundo de las apariencias que los hindues denominan Maya, y los Egipcios llaman El Velo de Isis, debe ser traspasado para ver a través de él, para poder liberarse y salvarse de esta ilusión, de este engaño. Sin embargo, para lograrlo se requiere superar la subjetividad y las limitaciones del yo creadas por aferrarnos al pasado, al tiempo. Se requiere sobreponerse a este estrecho espacio, a las fronteras erigidas por el pequeño yo.

Este despertar es entonces siempre la liberación de la manía de pescar el futuro que en realidad no existe. Y esto es enfatizado en todas las expresiones Cristianas. Se trata del reino que no es de este mundo y al cual se puede acceder solamente a través de este mundo de ilusiones e irrealidad. Así es como se puede dejar este mundo atrás, así es como se puede realizar este salto, este despertar, esta liberación.
Esto es lo que Cristo enfatiza al decir:

Hoy estarás conmigo en el reino de los Cielos .

La llamada no es para esperar la muerte, no es para esforzarse en cumplir normas, leyes y mandamientos a fin de obtener más adelante una vida de duración eterna. La llamada es para transformar la consciencia, para hacer estallar sus límites y abrirse a la consciencia cósmica. Algo muy parecido enseña Buda: abandonar la rueda de las reencarnaciones, la rueda de las repeticiones compulsivas, pero manteniéndose conscientemente en este tiempo. Y lo mismo enseña el Cristianismo cuando exhorta a abndonar esta estrechez, este dominio para renacer.

Esta directriz que guía hacia el despertar espiritual está contenida en todas las enseñanzas esotéricas secretas, en todas las tradiciones Cristianas que siempre han sido transmitidas por el camino de las iniciaciones y que de la misma manera continuarán siéndolo.

Este camino esotérico no es accesible a todos los hombres, no es adecuado para todos. Es un camino de entrenamiento, de entrenamiento muy consciente que emplea técnicas y sistemas para alcanzar la meta de la liberación y el despertar. Debido a que este camino de iniciación al esoterismo no es adecuado para todos, desde la antiguedad este mismo conocimiento ha sido transmitido de modo accesible por medio de otro camino: el mito.

A primera vista el mito es un concepto muy difícil de entender porque en los últimos decenios hemos colocado delante del mito un solamente, resultando solamente mito. Con inmensa arrogancia, típica de nuestro tiempo, miramos con altivez a todas las culturas anteriores y a las culturas no tecnificadas, pensando que son subdesarrolladas. Partimos del punto de vista que cuanto más alejadas estén de nuestro tiempo, más tontas son. Suponemos sencillamente que nuestra manera de manejar la vida, nuestro mundo actual acuñado por la ciencia y la tecnología nos ha colocado en la cúspide absoluta del desarrollo, y que en consecuencia este es el punto máximo que puede alcanzar la humanidad.

Ya es tiempo de que removamos un poco esta actitud. Quizás nuestros predecesores no eran ningunos tontos. Tal vez eran más sabios en muchos aspectos y lo que sucede es que no los entendemos. Tal vez todo lo que hacemos actualmente no es la última solución para la existencia humana, ni el último peldaño donde tendría que culminar el desarrollo humano.

Si observamos con un poco más de modestia y humildad lo hecho por culturas anteriores a la nuestra, si vemos más allá de nuestro estrecho círculo cultural, quizás encontremos allí una sabiduría verdadera. y quizás entonces seremos capaces de no seguir juzgando unilateralmente al mito como nada más que un mito, no continuaremos viéndolo peyorativamente como la expresión de gente que no conocía otro modo de manifestarse y que compusieron así sus fantasías infantiles bastante simpáticas, pero que por lo demás no sirven de nada.

Visto exteriormente, el mito consiste en una cantidad de cuentos, historias, cuadros, ritos, ceremonias y símbolos. Los mitos pueden basarse en hechos históricos. Sin embargo, no todo hecho o conocimiento histórico se presta para llegar a ser un mito. Las tradiciones míticas no surgen premeditada y voluntariamente. El mito es algo que crece, es muy viviente y surge de si mismo, de las capas profundas del inconsciente y cobra una forma, un cuerpo. Pero la forma o el cuerpo que adopta no debe ser visto como algo casual o sin sentido porque el desarrollo de un mito se basa en una estructura básica común; y del mismo en que nacen los seres humanos sobre la tierra, con distintos colores de piel, razas distintas, apariencias distintas, pero una estructura común que nos permite hablar del hombre genéricamente, como hablamos de los cristales de nieve y de sal, que en su inmensa variedad de formas se basan en una estructura cristalina definida.

Tenemos que acostumbrarnos a la idea que la estructura existe de por sí y no ha sido insertada por el hombre. Así nos lo señala la química, nos lo enseñan las plantas, nos lo enseña la naturaleza. Aquí no hay nada encajado por el hombre y sin embargo se revelan estructuras arquetípicas. Y de este modo es como surgen los cuadros, alegorías, representaciones, cuentos, parábolas e historias de las profundidades del inconsciente del pueblo. Sin la voluntad, sin agregar un componente consciente, crece el mito de acuerdo a una estructura interior.

Por esta razón los mitos se parecen a los cuentos de hadas, que también pertenecen a este campo, lo mismo que las antologías de todos los pueblos, de todos los tiempos que en esencia todos se parecen entre sí, de igual forma en que se parecen todos los árboles aunque cada uno presente rasgos diferenciales según su especie.

Los trabajos de C.G. Jung se prestan para cambiar en esencia nuestra actitud respecto a los mitos. En nuestro tiempo deberíamos ocuparnos de los mitos porque son, en síntesis, el verdadero alimento del alma. Y todos nosotros estamos bastante muertos de hambre a este respecto por haber despreciado dicho alimento al creer que podríamos renunciar a él tildándolos de ser nada más que fantasía e irrealidad. Es así como hemos pasado por alto que el mito siempre es más real de lo que jamás puedan llegar a serlo los hechos, los acontecimientos o la historia.

Como mencioné anteriormente, el mito procede de una capa psíquica muy profunda, de un capa de la consciencia que nunca ha sido icluída en nuestro mundo de apariencias. Entonces, el mito refleja las realidades psíquicas. El mito llega al hombre si este todavía está abierto. El mito contiene cuadros o imágenes psíquicas que se vuelven a comprender cuando llegan a las capas profundas. A esto me refería al hablar de alimento para el alma.

Por medio del mito es que el conocimiento de la realidad, que está más allá de las apariencias, se hizo accesible a todos los hombres, incluso a los hombres que no querían atravesar el desvío en medio del camino de las técnicas, el pensar y las abstracciones exigidas por la vía esotérica.

Todas las narraciones religiosas, todos los relatos sobre los hijos de los Dioses que existen en varias religiones, todos estos relatos religiosos también son mitos. La teología se defendería muchísimo si se hablara de mitos en relación a los testamentos o al Cristianismo por dos razones. Primero, porque pretende inculcar prejuicios contra los mitos como si estos fueran falsos, irreales, y sin comprender que son la verdadera realidad, la estructura más profunda. Segundo, porque insiste en aferrarse a la opinión según la cual la importancia del Cristianismo radica en el papel histórico que desmpeñó la persona llamada Jesús. Tratemos de ser más abiertos para ver al Cristianismo bajo los parámetros del mito, no para quitarle algo, no para disminuirlo, sino para acercarlo a nosotros y para quizás poder sentir lo que esta historia nos puede decir si no la consideramos únicamente bajo la mirada del historiador.

Todos los relatos religiosos, incluidos los del Cristianismo, pueden considerarse en principio desde tres niveles diferentes. El primero es el plano histórico, el segundo el mitológico o psíquico y el tercero el nivel cósmico. Estos tres niveles corresponden a la división original cuerpo-alma-espíritu. El plano histórico corresponde al cuerpo, el mitológico al alma y el cósmico al espíritu. Claro que estos tres niveles no se encuentran totalmente aislados el uno del otro, sino que están unidos e interconectados por una analogía o correspondencia vertical..

El nivel histórico es el menos interesante si lo vemos de manera netamente histórica o sin relacionarlo con los demás niveles. Habíase una vez ya ha pasado de moda, ¿qué queremos decir con esta frase?. Pero el nivel histórico se torna interesante cuando lo miramos en relación a los otros dos niveles. Es entonces cuando comprendemos lo que acontece y se manifiesta históricamente, que no ocurre por azar en el espacio, sino que el curso de la historia representa una condensación de leyes eternamente valederas, de estructuras con validez eterna, de modo que la consideración de las corrientes históricas recobra su validez real siempre que las relacionemos directamente con nosotros.

Permítanme introducir un concepto diferente que pueda aclarar de que se trata. Los acontecimientos religiosos podríamos ubicarlos dentro del tema de los dramas religiosos. Tomemos como ejemplo un material válido del mundo teatral, el Fausto de Goethe. Es un material válido que siempre vuelve a ser adaptado, escenificado. De esta manera, el mismo material, con sus mismas aseveraciones, se escenifica siempre de nuevo. Así es adaptado a la época correspondiente, a la actualidad, por medio de nuevas escenificaciones en las cuales cambia la forma de expresión, el aspecto formal. Por ello una representación de la obra hace cien años tiene variaciones respecto a una contemporánea. Al modernizar la forma de expresión, la re-escenificación acerca la esencia de la obra, transmitiendo lo que de por sí es secular, independiente del tiempo, adaptado al momento en que se representa.

Aquella verdad siempre válida. aquella realidad siempre vigente se vuelve a escenificar cada cierto tiempo por medio de un acontecimiento histórico en el sentido del drama religioso.

El hecho que un ser humano definido y concreto recorra y viva a la vista de todos este camino arquetípico de desarrollo de la humanidad, permite a los hombres de todas las épocas ver como una representación de una obra teatral el camino de consciencia que ellos mismos tienen que recorrer, Las representaciones son escenificaciones de los dramas religiosos que se repiten periódicamente, renovadas, enriquecidas, y adaptadas al estado de consciencia de la humanidad de la época, agregándoles cada vez algo nuevo, de acuerdo al aprendizaje logrado en cada escenificación.

Visto esto, tal vez vale la pena acercarse a los diferentes dramas religiosos. Si no nos preocupáramos siempre del empaque, como generalmente sucede con los fanáticos religiosos, que discuten sobre si la caja debe ser morada o verde o si todos los lazos no se ven iguales, etc.; si no se riñera por el envase que envuelve a una religión y, en su lugar se tomara uno la molestia de abrir el paquete y mirar dentro de las religiones, mirar más allá de sus formas, que no son más que la expresión, quizás constataríamos con asombro que el contenido de todas las religiones es el mismo. Siempre se enseña la misma sabiduría. Siempre se sugiere el mismo camino hacia una conciencia más alta, un camino envasado de distintas formas de acuerdo a la cultura de la época.

Las diferentes envolturas serían, en nuestra visión, las diferentes escenografías. Y así la escenificación que llamamos Cristiana es la más joven para nosotros, la más moderna. Esto pertenece al nivel histórico en el sentido de una parábola. Y desde este punto de vista vale la pena considerar también el transcurrir de la historia.

Vamos a analizar el polo opuesto del plano histórico, tan concreto y terrenal; el plano espiritual, el plano cósmico. Cada año se pone en escena en la tierra, en términos que el hombre puede abarcar, en miniatura, el grandioso acontecer del cosmos.

Los Hijos de Dios, entre ellos Jesucristo, unen el hombre a una constelación que, en análisis, representa también el símbolo de lo que hay en el medio: el Sol.

Para el hombre, el Sol es la constelación central que da luz y vida. este es el significado en esencia de un Hijo de Dios: una manera de expresar aquel principio, necesario para el hombre, del origen del espíritu en sí para mantener luz y vida. Por esto no nos debe extrañar que encontremos una analogía entre los hijos de Dios y el Sol.

En casi todas las religiones, las celebraciones más importantes, las fiestas religiosas, se hacen durante las fechas en que el Sol está en posición determinante en el año. Si miramos detalladamente el recorrido del astro, encontramos una signatura cósmica. Esta visión se puede dificultar en algunos de Uds. No obstante, trataré de representarla gráficamente y con palabras sencillas a pesar de lo vasto del concepto.

El Zodíaco es un círculo dividido en 12 segmentos de 30 grados cada uno, o sea, totalizando 360 grados, y el Sol recorre en un año el Zodíaco, los 360 grados, a razón de aproximadamente 1 grado cada día, que sumados constituyen los 365 días de nuestro año. Mediante la inclinación entre la elíptica y el ecuador terrestre, se dan las diferentes estaciones del año porque se producen acercamientos y distanciamientos de la tierra respecto al Sol y se dan las relaciones día-noche. Así se produce en el Zodíaco una división de 4 puntos determinantes que Uds. conocen por estar señalados en el calendario y que indican el paso del Sol en su recorrido: el principio de la primavera, del verano, del otoño y del invierno.

La primavera comienza alrededor del 21 de marzo, el verano el 21 de junio, el otoño el 21 de septiembre y el invierno el 21 de diciembre. De acuerdo a la astronomía y al Zodíaco, encontramos 4 puntos indicados: el comienzo de la primavera se denomina equinoccio de primavera (equinoccio quiere de decir igual duración del día y de la noche). Este equinoccio se presenta cuando el Zodíaco se halla a 0 grados Aries, alrededor del 21 de marzo. Opuesto a este punto, a 180 grados de distancia, se encuentra el otro equinoccio, el de otoño. A mitad de estos puntos, a 90 grados, se ve otro eje que representa los 0 grados cancer, alrededor del 21 de junio, que marcan el comienzo del verano. Y finalmente, opuesto a este punto, a 180 grados, encontramos los 0 grados Capricornio o solsticio de invierno. Estos son puntos astronómicos que introducen las diferentes estaciones del año y que se caracterizan por la duración más igual del día y de la noche en el año en los dos días que marcan el comienzo de los dos equinoccios y los dos días y noches mas largas en todo el año durante los dos días que indican el inicio de los solsticios.

Si seguimos el recorrido del Sol entre el punto de inicio del otoño y el del invierno, presenciamos el acortamiento del día y el alargamiento de la noche. Esto quiere decir que las fuerzas de la luz, las fuerzas del día, se retiran paulatinamente: el día se acorta y la noche se prolonga.

Si observamos el aspecto mitológico, vemos las relaciones visibles cambiantes, en las cuales las fuerzas de la luz van desapareciendo doblegadas por la oscuridad, que comienza a dominar y abarcar más espacio. El día se va retirando.

Cuando celebramos la Navidad, el Sol se encuentra a 0 grados Capricornio, en el punto del solsticio de invierno, cuando las noches se han hecho más largas y los días más cortos. Este es el momento en que el Sol se encuentra más alejado de la tierra en todo su recorrido anual.

Y en esta máxima oscuridad, en esta noche nace la luz. Nace, literalmente, de modo natural. hasta ese punto la noche venía siendo perseguida, devorada. En el equinoccio cambia la situación: en el momento en que las fuerzas de la oscuridad parecen haber vencido empieza el triunfo de la luz. A partir de este punto comienzan a aumentar de nuevo las fuerzas de la luz, con lo cual los días se alargan y al aminorar las fuerzas de la oscuridad, mengua la noche, quedando en equilibrio la duración de día y noche.

Los hombres de culturas antiguas mantuvieron un contacto más estrecho con las fuerzas de la naturaleza. Festejaban de manera especial los cambios de las estaciones. Para estas culturas tenía especial significado el punto en el que, en medio de la mayor oscuridad exterior, nacía la luz y comenzaba su curso victorioso sobre las fuerzas de las tinieblas.

La Nochebuena, la noche de navidad fue celebrada desde siempre como una noche de consagración. En las escuelas místicas esa noche se llevaba a los aún no aceptados aunque preparados. Allí ocurrían los misterios llamados mirar el Sol a media noche.

Esta antiquísima fiesta , celebrada como la noche de consagración por todas las culturas, fue aceptada muy tardíamente como la fiesta del nacimiento de Jesucristo en el siglo IV, año 337, bajo el Papa Julio. Previamente existieron 136 fechas distintas para dicha celebración. Crisostomo escribe 390 años después de Cristo lo siguiente: En este día - se trata del 25 de diciembre - se fijó hace poco en Roma el nacimiento de Cristo para que los Cristianos puedan celebrar sus fiestas sin ser molestados, en tanto los paganos están ocupados en sus ceremonias. Las ceremonias paganas a las que se hace alusión consistían en el festejo del nacimiento del Sol no vencido y recibían el nombre de Bromalia.

Entre el día de Nochebuena y lo que hoy celebramos como la fiesta de los Reyes Magos transcurren 13 días de Navidad; es la temporada más importante del año desde el punto de vista esotérico.

Algo más deberíamos recoger de la signatura del Zodíaco: el nacimiento de Jesucristo de la Virgen María. Este nacimiento se celebra a medianoche del día más oscuro del año y la noche más larga. Al colocar una línea sobre el eje del día en el que el Sol está a 0 grados Capricornio (solsticio de invierno a medianoche),en el Este está Virgo como ascendente en el Zodíaco astrológico. Esto quiere decir que exactamente a medianoche se levantaba en el horizonte del Este la constelación de Virgo. Esta es la señal cósmica del nacimiento de la luz a través de una Virgen. El símbolo astrológico para Virgo es, si vemos en más detalle, una M con una colita detrás, relacionado con la firma de María. Esto aclara la signatura cósmica y lo que significa el nacimiento de la luz, del portador de la luz en el período más oscuro del año.

Aquí tenemos un símbolo muy importante: resaltar la máxima oscuridad como el punto en el que nace la luz. Se trata de una referencia a la antigua polaridad de la luz del Sol en la oscuridad que figura en el prólogo del Evangelio de San Juán:

Y la luz en las tinieblas brilla.

A esto siempre se refieren los alquimistas como esencial: la verdadera quinta-esencia solo se halla en el ámbito en el que los hombres no están dispuestos a mirar porque les parece demasiado sucio y oscuro. Allí donde los hombres no van, a donde no se quieren acercar ni quieren hallar, allí se encuentra lo esencial, lo que busca la alquimia, el real portador de la luz. Este es un secreto antiquísimo; la luz no la encontramos en la claridad sino en las tinieblas, en el punto más oscuro. Esta es la razón por la cual siempre se relaciona esta temporada del año con las ideas y representaciones mitológicas.

Quizás podemos seguir ahora un poco el recorrido del Sol. Desde el punto 0 grados Capricornio, después de Navidad el Sol migra a través de todo el Zodíaco Capricornio. Capricornio se asocia con Saturno. Saturno-Capricornio son fuerzas enemigas de la vida, potestad de las tinieblas y de la muerte que amenazan una vez más el camino de la Luz recién nacida y tratan de devorarla. Herodes es la representación bíblica de este hecho, es la figura saturnina que trata de aniquilar al niño recién nacido. Son ataques a la Luz que, como sabemos, no logran aniquilarla.

Continuando, el Sol pasa 30 días después por el signo de Acuario, conocido en las figuras mitológicas como el hombre viejo o el ángel que vierte agua. En el relato Cristiano es representado con el bautismo en la figura de Juán el Bautista, quién efectúa la ceremonia de iniciación y purificación que corresponde a Acuario.

Luego el Sol entra al Zodíaco de Piscis, período de ayuno desde el Miércoles de Ceniza - significando Carne-Val - pues el carnaval es la época en que no se come carne. Y cuando el Sol ha recorrido los 30 grados de Piscis, llega el equinoccio de primavera: el 0 grados Aries, que se encuentra en un ángulo de 90 grados respecto al eje de nacimiento, lo que quiere decir que el Sol llega a la encrucijada de su propio nacimiento. Esta es la fecha en que celebramos la Pascua o la crucifixión del portador de la Luz. En este punto el Sol y, correspondientemente el Dios-Sol, llegan a su propia cruz y literalmente se crucifican en el sentido cósmico.

Las analogías se siguen presentando a lo largo del Zodíaco en muchos aspectos, pero mayormente solo pueden ser entendidas por los conocedores de la astrología. Por ejemplo Aries se relaciona con la cabeza, con el cráneo y no es casualidad que la cruz se erigiese en el Gólgota, que se traduce como el sitio de los cráneos.

Podemos llamar la atención sobre el hecho de que en el año Cristiano los ritos que indican el crecimiento humano se celebran en fechas fijas del calendario Solar. Son las mismas fechas cada año: 24 de diciembre, la Navidad o el nacimiento; 1º de enero la circuncisión; 6 de enero Los Reyes Magos, entre otros.

En cambio los ritos de la muerte de Cristo, que completan la polaridad de la resurrección y el ascenso, se festejan de acuerdo al calendario lunar. Así celebramos el Miércoles de Ceniza, la Semana Santa, la pascua, el domingo de resurrección y Pentecostés. Estas celebraciones no tiene fechas fijas porque se celebran según el calendario lunar.

Estas referencias bastan para el nivel cósmico de los relatos Cristianos o religiosos en general. A través de ellas comprendemos mejor que sí tiene sentido celebrar estas fiestas conscientemente, porque así nos ponemos en resonancia con los eternos ritmos cósmicos.

Las fiestas son los puntos que enlazan al hombre con lo que cósmicamente pasa en el cielo. Y más vuelve a aprender el hombre a adaptarse a estos ritmos del calendario, presenciándolos conscientemente si se incorpora a los grandes ritmos cósmicos.

Ahora vamos a revisar en tercer lugar el nivel mitológico, que se haya en medio de los dos niveles extremos que hemos estudiado: por una parte el nivel histórico, que compacta la realidad y la hace más distante e incomprensible, y por otra el nivel de los grandes ritmos cósmicos, a los que nos podemos acercar facilmente por ser tan gigantescos. Este nivel mitológico o psicológico es para nosotros el más importante, el más cercano. este nivel traslada todo el acontecer a nuestra psiqué, se refiere al aquí y ahora y renuncia a la distancia histórica y a la distancia espacial del cosmos.

Bajo este punto de vista, la Navidad se convierte en un rito: el renacer en el espíritu del nacimiento de la Luz y de Dios en nosotros. Esencialmente, solo aquí puede realizarce la Navidad. Pero el nacimmiento de la Luz en el hombre se puede efectuar también unicamente cuando afuera hay oscuridad, es decir, cuando el hombre se aleja del mundo exterior. Se produce un proceso anterior que precede a la posibilidad de un nacimiento de la luz (antes de que renazca el espíritu en una vida humana) en el cual el mundo exterior se torna insípido y pierde los encantos que siempre tiene para nosotros. Queremos alcanzar las cosas que nos atraen, y una vez las obtenemos, tratamos de asirnos a ellas pues nos parecen atractivas, estimulantes, nos convierten en hombres de acción. Luego llega el momento en el cual estos encantos se desvanecen, cuando lo exterior pierde su poder de seducción las cosas se hacen transparentes, pierden su atractivo, no muestran interés. Este proceso llamado también devastatio es siempre una señal de que el individuo se acerca a una crisis trascendental.

Visto psíquicamente, podemos decir que sólo cuando el hombre está dispuesto a bajar a la máxima profundidad de su alma, cuando está dispuesto a soportar el horror de su propia sombra, cuando se decide a mirarla, recorrerla, mirar su propia negrura, sus tinieblas, sólo entonces podrá experimentar en ellas el nacimiento de la luz:

Y la luz en las tinieblas brilla.

La Navidad ocurre en Belén. En hebreo, Bethlehem
significa la casa del pan que es el símbolo para nuestro cuerpo dentro del cual debe acontecer la Navidad. Nuestro cuerpo es el sitio exterior para el nacimiento, tal como Bethlehem representa el lugar exterior del nacimiento de Cristo.

Tratemos de llevar este hecho a nuestra realidad psíquica. Encontramos en primer lugar a María, la madre-virgen que está embarazada. La mayoría de los hijos de Dios nacieron de una madre-virgen y sus nombres están emparentados linguísticamente: la madre de Bacus se llamaba Myrra; la madre de Hermes, Myrra o Maya; la madre de Buda, Maya y la madre de cristo, María.

María, Maya y Myrra, tienen la misma raiz linguística: mare, el mar; mater, la madre; materia, la materia. Esta base común en cuanto a la linguística que representan en esencia las madres de los Hijos de Dios. Por un lado está la conexión de María con la materia. La materia es lo exteriormente visible, donde se encuentra encerrada la luz. Esta luz es invisible a primera vista, tal como María lleva encerrada, escondida en sus entrañas a la luz de Cristo, la luz de Dios. María es visible pero la luz no. Es decir, la materia, lo externo, las formas de expresión son visibles, en tanto que la luz propiamente dicha, la que se encuentra atrapada dentro de la materia, no es vista si antes no es liberada.

Podemos llevar estas analogías al mundo físico, cuando pensamos en los combustibles como portadores de energía. Pensemos en el elemento carbono: el carbón es exteriormente negro, pero puede transmutarse en luz o incluso en diamante.

Por otra parte existe una conexión etimológica entre la palabras agua y mar: el mar es agua. En la mitología Cristiana María fue llamada Stella Maris, la estrella del mar. Igualmente encontramos una conexión entre el manto azul de María y las estrellas, relacionado con el azul celeste y el azul del mar. Y el color azul pertenece de por sí, como símbolo, a un color pasivo y receptivo.

Todos estos son simbolismos para el principio de lo receptivo, de lo pasivo. Es así como el agua, que no tiene nada de expansiva, se caracteriza por causar impresión, por ser receptiva. Y así la luna siempre ha sido la expresión de lo femenino, de lo psíquico y receptivo. Si pensamos en las diosas de la luna a las que pertenece María, vemos que en las imágenes Cristianas María casi siempre aparece colocada en una media luna. Así llegamos a una cadena simbólica significativa:

Agua - Psiqué - Luna - Femineidad - Madre.

Encontramos en el Apocalipsis (Revelación de San Juán) que se dice de María:
..y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. (Apocalipsis 12). Esta referencia a la luna significa, una vez más, que la luna es receptiva como cuerpo astral, no emana energía como el Sol sino que la recibe, depende del Sol. Desde la antiguedad, es el símbolo de lo receptivo y por lo tanto de la psiqué, del alma. En el hombre, el alma, la psiqué es el elemento impresionable, receptivo, el principio pasivo, femenino, en contraste con el principio varonil, el espíritu, que es activo, dador, emanador.

Entonces María es ante todo nuestra alma.
Además se insiste en que es virginal. Este pricipio no es nada fácil de entender. La virginidad, el estar inmaculado, es un símbolo de lo eterno, es un símbolo del presente. Veamos este concepto a través de una imagen: el vuelo de un ave en el cielo no deja huella. Aunque vuelen muchas aves por el mismo espacio celestial nunca se mancha, siempre permanece limpio, siempre está inmaculado. Así vemos que las huellas serían las marcas del pasado, que es siempre una simple huella. El vuelo del ave no deja huella y por tanto el cielo no permite que el pasado aparezca.

Así, el cielo es siempre el presente, siempre se mantiene fresco y nuevo; no puede ser manchado, es siempre virgen. Así mismo sucede en la vida real. La vida real y el mundo verdadero son constante presencia, nunca pasado o futuro. Todo lo pasado es irreal, como lo son las huellas de las estrellas. Resulta entonces que el cielo, en el que no hay huella ni mancha alguna, es el regazo virginal de María. La virginidad es la expresión de la presencia absoluta y, como tal, es un reto para que liberemos nuestro interior de las huellas, para que soltemos el Yo (Ego), que representa la huella del pasado, con el que siempre nos identificamos. Todo el tiempo durante el cual nos identificamos con el Yo, nos impide abrirnos para recibir y ser iluminados por la Luz Divina.

Nosotros dejamos huella, estamos manchados (con mácula) por el pasado, por el recuerdo; no somos inmaculados, virginales, no estamos en el aquí y ahora.

El reto para nosotros es llegar a liberarnos de la ilusión del tiempo, liberarnos de los recuerdos, para llegar a ser totalmente presente, inmaculados, vírgenes.

Otro requisito fundamental para que logremos este objetivo es nuestro fuero interno. Debe ser nuestra disposición y disponibilidad de abrirnos al cielo para hacer posible la encarnación de Dios. Al estar conformes y de acuerdo, se cristaliza la contestación de María al ángel cuando éste le anunció que recibiría un hijo, y que fue dicha por ella en estas mismas palabras:

He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra.

Esta es una escueta expresión de conformidad, de estar de acuerdo, de abrir el alma, que es tan difícil de lograr. Cuando el hombre aprende a estar conforme, a estar de acuerdo, a comprender el mantra de que todo lo que es es bueno, Cuando aprende a abandonar sus resistencias y a estar conforme, entonces el hombre está preparado y permite que descienda esta Luz Divina y se deposite en su ser; entonces están dadas las condiciones para su renacimiento.

María es la ilustración del alma, del ser humano, del ser receptivo, como el regazo, y del principio del ser psíquico (el alma)

Hay dos citas del maestro místico Cristiano Eckehart que nos demuestran que no hemos exagerado al equiparar a María con el espíritu o el alma humana. El dice:

El Padre dice la palabra en el ser y , al nacer el hijo, toda alma llega a ser María.

En otra cita expresa:

María es bendecida no por haber llevado a Cristo en su cuerpo, sino por haberle dado a luz en el espíritu. Y en esto cada quién puede llegar a ser igual a ella.

Al costado de María se encuentra José de pie, que traducido literalmente significa: Aquel que debe añadir . Y José es, significativamente un carpintero, un constructor de las formas. Esto nos hace recordar al Gran Constructor de los Mundos, sinónimo frecuentemente empleado para denominar al Dios-Padre. Ese término se debe a que Dios-Padre es la expresión del principio del espíritu, capaz de crear y realizar formas. Así, José el carpintero es el representante terrenal y concreto del principio del espíritu que llamamos Dios. José es la fuerza creativa del Dios-Creador. Con ello es la expresión del presente, del acontecer terrenal.

Igualmente, como es carpintero se relaciona con la madera, que proviene del árbol, tema central de la mitología Cristiana. El árbol comienza su historia en el Paraiso como el árbol del conocimiento. y del mismo árbol del conocimiento se erige posteriormente la cruz en el Gólgota, obedeciendo a la mitología. Y José el carpintero se relaciona con este árbol, el cual representa para el Cristianismo, un signo bien determinante.

En medio de las figuras de María y José está tendido el niño Cristo, aquel niño Dios alrededor de quién gira toda esta historia. El es el principio divino, lo real y verdadero dentro de nosotros, la chispa divina, el Yo, la Luz Divina, el Logos. Todos estos nombres son distintas denominaciones que se dan al nucleo, a la esencia que se consigue solamente en el hombre, en su consciencia. Mientras el hombre busque su esencia afuera, en el exterior, nunca la encontrará.

Como mencioné antes, Cristo no es un hombre, es la expresión de un estado de consciencia. He aquí el punto central que nos ocupa: el nacimiento del Cristo perenne, de la Luz perenne dentro de nosotros, del niño-Dios, del nacimiento del niño en nosotros. El niño Cristo quiere nacer cada año de nuevo en el alma humana, como en María, quiere renacer como el germen de Dios.

El nacimiento de Jesús ocurrió en un establo, que probablemente era una cueva. En aquel tiempo, la mayoría de los establos se hallaban en cuevas. Visto esotéricamente es un lugar de iniciación y todas las iniciaciones de la época se hacían en cuevas. Aquí se esconde otro simbolismo: el acontecimiento tiene lugar en el día más oscuro del año y a la hora más oscura del día, a medianoche y más aún, bajo tierra. Nos encontramos de nuevo con la indicación de que la luz verdadera, lo espiritual, lo que no es terrenal, solo se encuentra en la profundidad, no arriba en la superficie. Por esto, muchos hijos de Dios nacieron en cuevas, entre ellos, Mitras.

En la cueva de Belén volvemos a encontrar los cuatro reinos de la naturaleza: el reino mineral, representado por las rocas, el reino vegetal, por el follaje y el heno; el reino animal, por la mula y el buey; y el reino humano, por María y José.

Si abstraemos el significado de la cueva y la representamos con formas más usuales, nos llama la atención que hoy en día todos los nacimientos se hacen representando el pesebre con establos viejos, decaidos. Si estudiamos la casa intacta, no decaída, que es el polo opuesto, podemos entender esto mejor. La vivienda del hombre que no está deteriorada se relaciona con la realidad psíquica y representa el area del retraimiento del hombre, el lugar de aislamiento donde se retira, se protege, se esconde y esconde su Yo (Ego).

Pero un ser que todavía se esconde entre los cuatro muros del YO, que cierra bien todos los puntos de entrada para que nada lo penetre, donde todo está bien sellado, no puede abrir un lugar para el nacimiento de una divinidad. Para que esto ocurra hace falta que se desmorone la casa, que se derrumben las barreras, que se desintegren las formas, que la casa se vuelva penetrable y receptiva. Este es el verdadero significado del establo desplomado: antes de que surja algo nuevo deben quebrantarse las viejas formas, los viejos moldes.

Lo verdadero, lo creativo, requiere siempre el sacrificio de las formas preexistentes. Si no se borran los patrones viejos no puede surgir nada nuevo. Visto desde la psiqué humana, primero el hombre tiene que pasar por el caos para luego alcanzar nuevas estructuras. En este contexto, el establo se opone al albergue, que es una casa intacta, en donde no hay lugar para que nazca Dios. El albergue está lleno de pretensiones, deseos egoístas e impulsos del hombre que no dejan espacio para un acontecer divino.

Así mismo, el establo aloja animales inconscientes de quienes no pueden surgir resistencias, pues no existe la limitación del raciocinio, de lo mental. Los tres patronos, que representan las funciones el pensamiento, el sentir y el querer en su nivel no redimido, no superado, indican su actitud de flanquear la entrada.

Analicemos ahora a los otros dos grupos de personas que se colocan en el pesebre: los tres Reyes Magos y los pastores. Ambos van camino a la adoración y veneración del Niño.

Los tres reyes Magos son sabios, sacerdotes, magos, y astrólogos que representan a la sabiduría y la dignidad, pero son paganos, no judíos. Los pastores, representantes del campesinato simple si son judíos. Conjuntamente, simbolizan en si la veneración de toda la humanidad, judíos y no judíos, de dignatarios e intelectuales y de la gente más sencilla y humilde. Representan, a la vez, a dos grupos humanos polarizados o, visto de otro modo, a las dos fuerzas en el ser humano: por una parte, los hombres intelectuales y por otra, los hombres de corazón.

En el nivel simbólico se aclara la polaridad. Los tres Reyes Magos son tres líderes, tres hombres que son guías, que llevan corona, la corona es la expresión de sus caminos de iniciación: han recorrido escuelas esotéricas, enseñanzas espirituales y esotéricas y por lo tanto, se han ganado y merecido sus coronas, son auténticas. La corona es el símbolo antiguo para el reino que adquiere el hombre mediante su trabajo consciente, es la expresión de que se conecta con el reino de más arriba, que los Reyes Magos se han ganado con su esfuerzo consciente.

Este reino es llamado Kether, la corona, por los cabalistas y en yoga recibe el nombre del reino de las siete hojas o el loto de los mil pétalos, como llaman al séptimo chakra o chakra corona.

Al crear la unión con las energías superiores, el hombre adquiere el derecho a ponerse la corona, que es una corona verídica abierta por la parte superior para que entren las fuerzas superiores. La corona es la expresión de la consciencia superior que se ha adquirido, como lo hicieron los tres Reyes Magos, y por ende no se la tienen que quitar delante del Niño, en contraste con los pastores, que se quitan lo que obviamente les cubre la cabeza, las gorras y los sombreros, que no son coronas.

Los tres Reyes Magos dan la espalda al mundo terrenal, viven alejados del mundo y se acercan a las estrellas, que constituyen su elemento. Estudian las estrellas, su recorrido, los símbolos que les son familiares porque los han recorrido en un aprendizaje consciente. Están instruidos en la magia. Así, le regalan al Niño frutos del conocimiento , objetos simbólicos como el incienso, oro y mirra, que son la expresión de los tres reinos espirituales (el pensar, el sentir y el querer), expresión también de la tríada: cuerpo, alma y espíritu.

Los pastores son totalmente distintos. Son gente sencilla, que custodia y no son dirigentes. Ellos cuidan animales inconcientes, por lo que custodian el reino inconciente, de la vida sencilla, ligada a la naturaleza. Los pastores no han leído nada sobre las estrellas. Viven cerca de la tierra. Por faltarles aprendizaje, no soportan una confrontación directa con lo espiritual. Es por ello que cuando aparece el Angel anunciándoles al Niño, deben cerrar los ojos por lo deslumbrante de su Luz. En estas condiciones, cuando van adorar al Niño, no le ofrecen los alimentos del espíritu, sino los de la vida: leche, frutas, lana y un corderito.

Pastores y Reyes son guiados por signos muy diferentes: los Reyes Magos por una estrella, un símbolo abstracto expresión del conocimiento cósmico, que solo significa algo para los instruidos en la materia. La estrella solo puede conducir a los espiritualmente despiertos, solo puede develar una señal a los hombres conscientes. A los pastores se les aparece un Angel que les habla de símbolos concretos al decirles:

Y esto tengan como seña: Encontrarán a un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

Se dice de los Reyes: Vinieron a venerar y a sacrificar
Se dice de los pastores: Vinieron a ver que había sucedido allí

El camino de los tres Reyes magos conduce por trece noches desde la Nochebuena hasta el Día de Reyes. Este es el mismo camino de los pastores a los Reyes: del nivel inconsciente al consciente; del camino de Jesús-hombre al de Cristo-Dios.

Regresemos al significado cósmico: la estrella es una conjunción de Jupiter con Saturno, los dos grandes planetas de nuestro sistema solar, la cual se repite cada primero de enero. Se repite un momento importante, un signo en el cielo, cada año, para que los que están conscientes puedan interpretar esta señal.

A veces la estrella desaparece y los Reyes tienen miedo de perderla. El miedo de perderla, para luego volverla a encontrar, simboliza la lucha, la búsqueda del hombre por la comprensión. Sin embargo, poco antes de alcanzar la meta, la pierden y tienen que reiniciar su búsqueda. Es entonces cuando acuden a los pastores a preguntarles: buscamos al Niño, lo cual se puede interpretar como: buscamos al Yo superior. Y llegan ;los hombres del corazón que guían el último trecho hasta el pesebre. Este es un bello símbolo que no deberíamos olvidar: el camino de la mente lleva muy lejos. lleva a la creación de la corona, lleva cerca de la estrellas, lleva casi hasta el borde de la meta, nunca realmente hasta el pesebre, porque para lograrlo, tienen que aunarse todas las fuerzas: las del corazón, las inconscientes, las cercanas a la naturaleza, las del instinto y las intelectuales.

Encontrar esa Luz, hallar esa Luz es la meta y tarea de cada ser humano. Y esa Luz sólo la puede encontrar cuando él mismo se encamina y cuando está dispuesto a trabajar para que su consciencia se haga receptiva y entienda el acontecer de la Navidad.

Visto en su conjunto, nos damos cuenta y sentimos que actualmente hay mucha oscuridad en nuestro mundo, vemos que hay peligro de que las fuerzas de la Luz sean devoradas.

Y así, nos encontramos también un poco delante de la Navidad, en nuestro mundo de hoy, y vemos que para poder darle una expresión a esta Luz, hace falta que siempre hayan más seres humanos empeñados en realizar la Navidad en su fuero interno.